Pau Valent, nuevo libro: Eväsretki matonkudeniitylle
Eväsretki matonkudeniitylle Pau Valent

Eväsretki matonkudeniitylle
Picnic en la alfombra de trapillo

Thriller del autor Pau Valent que conecta dos espacios muy conocidos por mí: Finlandia y Cataluña. Aquí presento el resumen y añado la traducción del primer capítulo, para ir haciendo boca.
Salaisessa huoneistossa, erään tuiki tavallisen madridilaiskerrostalon kellarikerroksessa on ainutlaatuinen kokoelma lasipurkkeihin säilöttyjä nuorten naisten käsiä. Niiden kyljessä lukee luovuttajansa nimi: Camila, Camila 2, Camila 3.
Kun Malla lähtee töihin ulkomaille, hän saa huomata, ettei elämä katalonialaisessa vuoristokylässä olekaan niin jännittävää, kuin hän oli kuvitellut. Hän lähtee hakemaan jännitystä Barcelonan yöelämästä, mutta se ei ole yksinäiselle nuorelle naiselle lainkaan niin vaaratonta, kuin seikkailunhaluinen Malla kuvittelee.
Teo on erakoitunut taiteilija, joka yhä muistelee ja kaipaa nuoruudenrakastettuaan Saanaa. Hän purkaa näitä tunteitaan tekemällä puusta naista esittäviä veistoksia. Niillä kaikilla on samat kasvonpiirteet: Saanan.
Teon elämä muuttuu dramaattisesti kun hän tapaa Mallan. Yhdessä he lähtevät epätoivoiselle pakomatkalle vuoristoon. Matkalle, jolta vain kaikkein vahvimmat ja ovelimmat voivat selvitä hengissä.
El apartamento secreto, en el sótano de un edificio de apartamentos ordinario en Madrid, tiene una colección única de manos de mujeres jóvenes preservadas en frascos de cristal. Al lado está el nombre de su donante: Camila, Camila 2, Camila 3.
Cuando Malla va a trabajar al extranjero, descubre que la vida en un pueblo de montaña catalán no es tan emocionante como había imaginado. Se propone obtener la emoción de la vida nocturna de Barcelona, que no es tan seguro para una joven solitaria como imagina la aventurera Malla.
Teo es un artista aislado que todavía recuerda y anhela su juventud después de amar a Saana. Él desata estos sentimientos haciendo esculturas de una mujer de madera. Todos tienen los mismos rasgos faciales: Saanan.
La vida de Teo cambia dramáticamente cuando conoce a Malla. Juntos, se embarcan en una escapada desesperada a las montañas. Para un viaje del que solo los más fuertes y astutos pueden sobrevivir.
Kun Malla lähtee töihin ulkomaille, hän saa huomata, ettei elämä katalonialaisessa vuoristokylässä olekaan niin jännittävää, kuin hän oli kuvitellut. Hän lähtee hakemaan jännitystä Barcelonan yöelämästä, mutta se ei ole yksinäiselle nuorelle naiselle lainkaan niin vaaratonta, kuin seikkailunhaluinen Malla kuvittelee.
Teo on erakoitunut taiteilija, joka yhä muistelee ja kaipaa nuoruudenrakastettuaan Saanaa. Hän purkaa näitä tunteitaan tekemällä puusta naista esittäviä veistoksia. Niillä kaikilla on samat kasvonpiirteet: Saanan.
Teon elämä muuttuu dramaattisesti kun hän tapaa Mallan. Yhdessä he lähtevät epätoivoiselle pakomatkalle vuoristoon. Matkalle, jolta vain kaikkein vahvimmat ja ovelimmat voivat selvitä hengissä.
El apartamento secreto, en el sótano de un edificio de apartamentos ordinario en Madrid, tiene una colección única de manos de mujeres jóvenes preservadas en frascos de cristal. Al lado está el nombre de su donante: Camila, Camila 2, Camila 3.
Cuando Malla va a trabajar al extranjero, descubre que la vida en un pueblo de montaña catalán no es tan emocionante como había imaginado. Se propone obtener la emoción de la vida nocturna de Barcelona, que no es tan seguro para una joven solitaria como imagina la aventurera Malla.
Teo es un artista aislado que todavía recuerda y anhela su juventud después de amar a Saana. Él desata estos sentimientos haciendo esculturas de una mujer de madera. Todos tienen los mismos rasgos faciales: Saanan.
La vida de Teo cambia dramáticamente cuando conoce a Malla. Juntos, se embarcan en una escapada desesperada a las montañas. Para un viaje del que solo los más fuertes y astutos pueden sobrevivir.
1.
Pues tenía que volver al mundo civilizado,
y lo conseguí.
¡Ahora mismo me siento muy feliz! Tal vez tú
tienes algo que ver con eso.
Pere observaba el cuerpo en el suelo de la
sala. No cabía duda en que el hombre estaba muerto, el agujero de bala en la sien
izquierda lo corroboraba. No era posible que solo se había caído. El cuerpo
yacía de manera totalmente antinatural, como si fuera una marioneta a la que se
había cortado de repente las cuerdas. El brazo derecho estaba doblado detrás de
la espalda y el pie izquierdo doblado abajo del otro.
La sangre, que chorreaba del agujero de la
bala, dibujaba un laberinto en las juntas del alicatado, y estaba a punto de
alcanzar el borde de la alfombra antigua que cubría el centro de la sala.
Pere quedó paralizado del terror mirando al
muerto. Poco a poco, el hecho de que había matado un hombre empezaba a hacerse
más claro en su mente.
—¡Maldito cabrón! —Pere aclamó, pero las
palabras se ahogaron en su garganta.
Al pronunciar esa maldición, él no estaba
bien seguro si se refería al hombre que él le había provocado la muerte, o el
otro hombre, llamado el marqués, que obligó a Pere a participar en esa hazaña
desesperada.
Pedro Matamoros, Pere, como todos le
llamaban, no era un hombre malo, a pesar de su apellido. No era ni mucho menos
un asesino. Su único pecado, hasta la fecha, había sido la curiosidad, una
curiosidad excesiva tal vez. Pero mientras miraba al hombre desconocido que
ahora yacía muerto delante de él, sabía que había ido demasiado lejos.
Con su poco más de metro setenta
centímetros, Pere se consideraba bajito, y por este motivo se sentía a veces un
poco inseguro. Especialmente en compañía de los germanos o escandinavos, los
cuales le sacaban más de una cabeza.
Él era rubio, y un joven excepcionalmente guapo.
Quizás demasiado, ya que a veces se sentía que tan abundante belleza hizo
sombra a su masculinidad. Sea como sea, Pere admitió estar enamorado de sí
mismo más que ninguna otra persona. Aunque no se le ocurriría nunca decirlo en
voz alta.
—Soy tan guapo que me duele la cara —solía
decir por las mañanas al mirarse al espejo. Eso le hacía sonreír.
“Guapo” alguien diría. Un joven agradable y
de buena presencia, diría la viuda del vecindario. Pero mirando bien, él tenía
algo que podría hacer sospechar a muchos que era gay. Otros avisarían a sus
hijas que no se acercasen a Pere. "Créeme, algo malvado tiene ese
chico."
Por mucho que su mente intentaba hacer que
nada había sucedido, la verdad era que él había matado una persona. Era un
hecho que no se podía rebatir.
—Lleva la pistola de Ernesto contigo —el marqués
había exigido. La pistola era pequeña, y parecía un juguete, pero Pere acababa
de matar un hombre con ella.
—Asusta a la chica amenazándola, y me la
traes, pero viva y en buenas condiciones —el marqués había
dicho.
Dicho así, la cosa parecía sencilla. Marqués
tenía razón. Solo había de acojonar a la chica. No era necesario utilizar el
arma.
—Pero cuidado que los otros no te vean
cuando la estés trayendo. ¿Te queda claro?
—¿Y lo que me prometiste por este trabajo?
Esto no estaba incluido en el acuerdo original —Pere lo había dicho con la
esperanza que el marqués mandara alguna otra persona.
—No te preocupes de eso. Haz como te digo, y
recibirás una buena recompensa. Siempre cuando hagas lo que habíamos pactado.
Pere estaba muerto de miedo. Realmente él no
tenía miedo de las consecuencias de haber matado una persona, si más bien, el
temía al marqués. Pere había intuido durante el corto periodo que le había
conocido, de lo que ese hombre era capaz.
En ese
preciso momento Pere oyó un grito que le despertó de sus pensamientos. Tuvo
tiempo de ver a una mujer salir corriendo escaleras abajo. Después de meditar
unos segundos, Pere salió corriendo detrás de ella.
Pues tenía que volver al mundo civilizado,
y lo conseguí.
¡Ahora mismo me siento muy feliz! Tal vez tú
tienes algo que ver con eso.
Pere observaba el cuerpo en el suelo de la
sala. No cabía duda en que el hombre estaba muerto, el agujero de bala en la sien
izquierda lo corroboraba. No era posible que solo se había caído. El cuerpo
yacía de manera totalmente antinatural, como si fuera una marioneta a la que se
había cortado de repente las cuerdas. El brazo derecho estaba doblado detrás de
la espalda y el pie izquierdo doblado abajo del otro.
La sangre, que chorreaba del agujero de la
bala, dibujaba un laberinto en las juntas del alicatado, y estaba a punto de
alcanzar el borde de la alfombra antigua que cubría el centro de la sala.
Pere quedó paralizado del terror mirando al
muerto. Poco a poco, el hecho de que había matado un hombre empezaba a hacerse
más claro en su mente.
—¡Maldito cabrón! —Pere aclamó, pero las
palabras se ahogaron en su garganta.
Al pronunciar esa maldición, él no estaba
bien seguro si se refería al hombre que él le había provocado la muerte, o el
otro hombre, llamado el marqués, que obligó a Pere a participar en esa hazaña
desesperada.
Pedro Matamoros, Pere, como todos le
llamaban, no era un hombre malo, a pesar de su apellido. No era ni mucho menos
un asesino. Su único pecado, hasta la fecha, había sido la curiosidad, una
curiosidad excesiva tal vez. Pero mientras miraba al hombre desconocido que
ahora yacía muerto delante de él, sabía que había ido demasiado lejos.
Con su poco más de metro setenta
centímetros, Pere se consideraba bajito, y por este motivo se sentía a veces un
poco inseguro. Especialmente en compañía de los germanos o escandinavos, los
cuales le sacaban más de una cabeza.
Él era rubio, y un joven excepcionalmente guapo.
Quizás demasiado, ya que a veces se sentía que tan abundante belleza hizo
sombra a su masculinidad. Sea como sea, Pere admitió estar enamorado de sí
mismo más que ninguna otra persona. Aunque no se le ocurriría nunca decirlo en
voz alta.
—Soy tan guapo que me duele la cara —solía
decir por las mañanas al mirarse al espejo. Eso le hacía sonreír.
“Guapo” alguien diría. Un joven agradable y
de buena presencia, diría la viuda del vecindario. Pero mirando bien, él tenía
algo que podría hacer sospechar a muchos que era gay. Otros avisarían a sus
hijas que no se acercasen a Pere. "Créeme, algo malvado tiene ese
chico."
Por mucho que su mente intentaba hacer que
nada había sucedido, la verdad era que él había matado una persona. Era un
hecho que no se podía rebatir.
—Lleva la pistola de Ernesto contigo —el marqués
había exigido. La pistola era pequeña, y parecía un juguete, pero Pere acababa
de matar un hombre con ella.
—Asusta a la chica amenazándola, y me la
traes, pero viva y en buenas condiciones —el marqués había
dicho.
Dicho así, la cosa parecía sencilla. Marqués
tenía razón. Solo había de acojonar a la chica. No era necesario utilizar el
arma.
—Pero cuidado que los otros no te vean
cuando la estés trayendo. ¿Te queda claro?
—¿Y lo que me prometiste por este trabajo?
Esto no estaba incluido en el acuerdo original —Pere lo había dicho con la
esperanza que el marqués mandara alguna otra persona.
—No te preocupes de eso. Haz como te digo, y
recibirás una buena recompensa. Siempre cuando hagas lo que habíamos pactado.
Pere estaba muerto de miedo. Realmente él no
tenía miedo de las consecuencias de haber matado una persona, si más bien, el
temía al marqués. Pere había intuido durante el corto periodo que le había
conocido, de lo que ese hombre era capaz.
En ese
preciso momento Pere oyó un grito que le despertó de sus pensamientos. Tuvo
tiempo de ver a una mujer salir corriendo escaleras abajo. Después de meditar
unos segundos, Pere salió corriendo detrás de ella.
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